Las vueltas de la vida

La idea de salir a dar una vuelta en colectivo fue de Luis. Y aquí estamos. 

Él prefirió sentarse al lado del pasillo, pero en realidad me cedió el asiento junto a la ventanilla para que disfrute más del viaje. Mamá siempre decía que Luis era un caballero, que me iba a dar todos los gustos. Y alguna razón tuvo. Subimos hace un rato y el coche estaba casi vacío, no como en esas horas, cuando no se puede respirar. ¿Viste, Luis? Está nublado. Increíble lo loco que está el tiempo. Pensar que recién estábamos en la avenida y el sol nos partía la cabeza y vos te quejabas porque te traspirabas la camisa recién puesta. Y de repente todo cambió: el cielo se puso negro. En cualquier momento se viene un chaparrón que ni te cuento. Esperemos que no sea justo a la hora de bajar. Al final no me dijiste adónde vamos y se me ocurre que puede ser alguna sorpresa tuya. A ver, a ver. ¿Qué pasa que nos detuvimos? Parece que hubo un accidente. Hay mucha gente curiosa amontonada en la esquina y, sobre el pavimento, una mujer llora abrazada a un chico, y al lado se ve una bicicleta toda estropeada. Está claro que es el hijo. Pobre madre. Y pobre chico, morir así, estampado, bajo las ruedas de un auto, con toda la vida por delante. Un policía le dice algo al chofer del colectivo, le da unas instrucciones y ya podemos seguir viaje. Muy triste este viaje, Luis. Me recuerda al accidente de mi primo Ricardo. Yo era muy chica pero todavía me dura la impresión. A mi tía nunca pude sacármela de la cabeza, sobre todo cuando en el cementerio, a los gritos, rogaba que no lo enterraran. Decía que Riki estaba dormido y pedía, por favor, que lo despertaran. Bueno, mejor no pensemos en cosas feas, ¿eh? En este preciso momento veo niños que salen de la escuela y se levantó un viento de aquellos. Se nota que es muy fuerte por las bufandas que flamean como banderas entre los guardapolvos blancos. Los gorros se vuelan y, por el camino que toman en el aire, parece viento sur. Mejor que sea del sur, así limpia de una buena vez y no llueve. Es más, ya está aclarando. Un rayo de sol recién se coló por la ventanilla y me entibia un poco la espalda. Así da gusto viajar en colectivo. Tranquilidad total. Bueno, hasta hace un momento. Recién empezaron a subir los que salen del trabajo. Ahora sí que vamos todos apretujados. Menos mal que pudimos sentarnos, Luis. Todo gracias a que salimos de casa cuando había menos movimiento en la calle. Como dicen los noticieros, estamos en una hora pico. El chofer les ordena a los pasajeros que hagan lugar y, los que van subiendo, casi se trepan sobre los que están parados en medio del pasillo. Un tufo terrible. Me ahogo, me ahogo. Sí señora, quédese tranquila que abro la ventanilla así se renueva el aire. Ah ¿usted tiene frío, señor? No se haga problema que ya se la cierro. O, en todo caso, la dejo mitad abierta, mitad cerrada, así nadie se queja. Es increíble lo inconformista que está la gente por estos días. Cuando unos quieren blanco, los otros quieren negro, cuando unos están contentos con el invierno, los otros ruegan que venga el verano. Así no va. Si no nos ponemos de acuerdo y hacemos un esfuerzo, las cosas no van ni para atrás ni para adelante. El que no va ni para atrás ni para adelante es este colectivo. Es por el tráfico del mediodía. Uh, pobre hombre, se bajó del auto y se agarra la cabeza. Se ve que el inspector le hizo una multa porque pasó el semáforo en rojo. Pero no hay caso, no se la perdona. ¿A dónde vamos, Luis? ¿No me vas a contar? Siempre te gustó hacerte el misterioso. A mí me parece que por acá pasamos, esta plaza ya la vi, la escuela también. No me digas que estoy loca, no, dimos más de una vuelta. Se puso lindo el día y por la ventanilla, no sé, la vida se ve distinta, como la ciudad. Me pone feliz sentir el aire fresquito que me da en la cara con el vidrio a medio abrir y recostada en el asiento. Ver pasar los árboles sobre la cabeza, uno a uno, rápido a veces y otras, más lento. En ese edificio que está ahí nos casó el juez. Ya pasaron tantos años. La casona tiene las paredes más grises pero el frente está igualito. Se salvó de que lo tiraran abajo para hacer un rascacielos. Y también de esas reformas modernas que dejan a las casas horribles: al final no son chicha ni limonada. Me dijeron que ya no funciona más el registro civil, sino un museo o algo así. Para nuestro aniversario de casados, ¿vamos, Luis? A mí me gustaría que nos diéramos un beso en la boca y después cruzáramos a la plaza de enfrente a sacarnos fotos, como hicimos aquel día. La plaza de las rosas blancas. ¿La viste recién? Fue en la cuadra anterior, ya la pasamos. En realidad, me parece que pasamos varias veces por ahí. No, no digo que pasamos varias veces en la vida, sino con el colectivo. Se termina el momento de paz: una nueva hora pico de guardapolvos blancos. Es como si Dios hubiese confundido la escuela con un hormiguero. Después de la patada divina, se desparraman las hormiguitas por la vereda, cruzan la calle y ahora se suben acá, para llenar de ruidos el pasillo. Mi Dios, cómo gritan estos chicos. Se ve que las maestras los deben tener cortitos y, apenas los dejan en libertad, se desatan. Por sus caras rasposas, se ve que hace frío afuera. Acá la temperatura es otra y una pierde la noción del tiempo. Un nuevo embotellamiento en el centro y ya no me alcanzan los dedos para contarlos. El colectivo va a paso de hombre y este viaje parece una de esas películas francesas que son lentas y nunca entiendo. A ver, esa chica que está ahí parada. Vení, que mi marido te va a dar el asiento. Luis es un caballero. Pero qué linda pancita, ¿de cuántos meses estás? Ah, te falta poco. Mirá vos, ya tenés otros dos nenes. Tan jovencita. Yo me casé grande y al final no pude. Pero fijate las vueltas de la vida, me la pasé criando hijos de los demás. Cuando lo conocí a Luis, la mujer lo había abandonado con tres pibes a cuestas y a mí me encantó hacer de mamá con ellos. También crié a dos sobrinos y al hijo de una vecina, cuando a ella y al marido se los llevaron presos. En realidad no habían hecho nada, fue una verdadera injusticia, pobre gente. Los chicos ya están grandes y, dentro de poco, voy a ser abuelastra. Palabra rara esa, hasta me da risa. Bueno, que te vaya lindo, querida. Suerte con el parto y cuidate del frío. ¿Otra vez pasamos frente a la maternidad? No puede ser. ¿Cuántas vueltas tiene este viaje? Es como la vida que tiene muchas vueltas, pero algunas pasan siempre por el mismo lugar. Y vuelven a pasar. Y vuelven. Parece que está atardeciendo. Las luces de la calle se encienden tranquilas, nadie las apura. ¿A dónde iremos? Me muero de intriga por conocer el destino de este viaje. Es interminable. Son demasiadas vueltas las que dimos. Luis, ¿dónde estás? Cuando te fuiste hacia el fondo del colectivo no te vi más. Luis, ¿dónde te metiste que no te veo? ¿Luis?

 

Mariela Mulhall

Septiembre 2017

 

 

Publicación en “Las vueltas de la vida

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