La culpa no es de Raymond

Álvaro no lograba escribir un párrafo desde hacía meses. Ni una línea, ni nada. La silla incómoda y el pánico por la hoja en blanco le venían jugando una mala pasada. 

Se lo contó a un amigo, quien le recomendó uno de esos talleres literarios para salir del apuro. «Que sí, que no, que si estaría bueno, que no sé», vaciló sobre la idea. La decisión llegó como una ráfaga de aire fresco, o un ventarrón. Y se alistó en el curso.

La tarde del sábado se había despachado con una lluvia tenaz y las calles estaban desiertas. Un fin de semana de otoño de esos que se empeñan en arruinarle la vida a los trabajadores. Después de todo, ¿qué podría ocurrir de malo por probar?, se preguntó para darse ánimo mientras iba en camino. Cada tanto, manoseaba el papel con la dirección que llevaba en el bolsillo como si fuera un talismán, o una lámpara maravillosa que le permitiera recuperar a su genio perdido. El agua castigaba cada uno de sus pasos, pero no le importaba. «El mal tiempo ayuda a concentrarse», decía bajo la lluvia de sus propios argumentos.

Cuando llegó, Álvaro se sorprendió al descubrir que se trataba de un pequeño departamento. Estaba inquieto y nada podía hacer para disimularlo. No sabía muy bien de qué se trataba eso del taller literario. Él sólo escribía. Cuando podía quedarse quieto un largo rato y enfrentar la pantalla vacía de la computadora, claro. Por fin abandonó sus balbuceos internos, respiró profundo y apretó el timbre del quinto piso. En apenas unos segundos, una voz de lata se escuchó desde el otro lado.

—¿Quién es?

—Álvaro. Vengo al taller.

—Ah. Ya bajo.

Lo recibieron con los típicos saludos que se dan a los principiantes. Y a pesar de todas esas miradas clavadas sobre la propia, se animó a echarles un vistazo. También los contó. Eran siete que conformaban un grupo variopinto. El dueño de casa, un muchacho de unos veintipico muy compenetrado en su rol de anfitrión, invitaba a todos a sentarse y alentaba la conversación. En la charla se filtraban anécdotas personales y comentarios de libros recomendados por el maestro del taller. El maestro era un escritor de moda, de esos del que muchos hablan y al que pocos leen.

— ¿Vos leíste a Carver? —lo increpó una señora mayor, escondida detrás de sus gafas de lectura.

La expresión en el rostro lo delató y alcanzó a susurrar «no mucho». Había leído poco la obra de Raymond Carver. Apenas unos cuentos que no lo habían conmovido demasiado. Y nunca retomó su entusiasmo para volver a explorarlo. Con él tenía algo que no podía conciliar, un destiempo. Le parecía que detrás de su economía de palabras se asomaba cierta falsedad. O tal vez se tratara de un simple prejuicio. Ensayó como pudo una justificación razonable. A ver, ¿cómo decirlo?, políticamente correcta.

—Prefiero a otros autores norteamericanos no tan minimalistas. Aunque sí leí algunos de sus cuentos más conocidos. Imposible pasarlo por alto —dijo para intentar ponerse a tono con el grupo. No llegó a terminar la última frase cuando volvió a sentir los pinchazos de las siete miradas.

—Ah, pero si no leés a Carver, acá no vas a sobrevivir —ironizó una chica de largas piernas. Sentada en el sofá que estaba ubicado casi en el ángulo del salón, se mostraba relajada. Álvaro había notado que no le sacaba los ojos de encima desde que llegó al departamento. Y lo que al principio interpretó como una estrategia de seducción luego comprendió que se trataba de más de lo mismo. Julia —así se llamaba— lo miraba de manera mordaz, igual que todos. Prefirió contestarle con una sonrisa para eludir la provocación. Y no pudo evitar sentirse incómodo ante los gestos cómplices que los demás intercambiaron.

«Seguramente cuando llegue el escritor y empiece el taller, el panorama se aclara», se dijo para calmar cualquier signo de desaliento. El olor a lluvia llegaba a través del ventanal del living y apenas diluía la excitación que se sentía en el ambiente. Todos estaban ansiosos por empezar. A tal punto que cuando el timbre sonó, varios se sobresaltaron. No había dudas, el timbrazo anunciaba la inminente llegada del maestro.

Al abrirse la puerta lo recibieron con un entusiasmo desmedido. Así lo entendió Álvaro cuando el recién llegado le recordó su condición de novato. El escritor era un tipo grandote, de mediana edad, que palmeaba la espalda de los varones y repartía besos entre las mujeres. El mal tiempo gobernaba afuera y la lluvia arreciaba con tanta fuerza que se entrometía por el ventanal que daba a la calle; una joven pareja sufrió algunos contratiempos cuando el agua les alcanzó la cara y la espalda.

Luego sobrevino otra prueba de principiante: responder a las preguntas del maestro. El interrogatorio giró en torno a sus motivos por asistir al taller; si escribía desde hacía mucho, si lo hacía con frecuencia, preferencias literarias. Al llegar al asunto de los autores, Álvaro logró esquivarlo con algunas vaguedades. Y recobró la calma al notar que un comentario intrascendente que alguien lanzó por ahí lo alejaba del interés y las miradas de los demás. «Es una suerte no ser más el foco de atención», pensó mientras soltaba un suspiro que nadie advirtió.

Todos se sentaron en ronda y el taller arrancó. Álvaro sintió que el misterio empezaba a develarse a medida que los aprendices se lanzaban a leer. Se trataba de relatos breves, capítulos de novelas a medio terminar, o algún otro texto de género indescifrable. Voces engoladas, unas tras otras, dejaban en claro que había mucho que decirle al mundo, aunque se tratara de una pequeña ronda. En medio de un silencio sin fisuras, las voces ayudaban a generar una atmósfera expectante, casi teatral. Hasta que una tos forzada interrumpió la escena:

—Javier, ¿puede apagar eso? Nos estamos ahogando —bramó Celia, la señora de las gafas. Desde hacía un rato se olía el aroma rancio y achocolatado de la pipa, olor que desató el mal humor de la mujer.

—Pero está la ventana abierta —se defendió el fumador. Estaba ubicado justo debajo del marco y, mientras las cortinas flameaban, algunas gotas mojaban su cabeza calva. No era un hombre viejo, pero la falta de cabello y el hábito de fumar en pipa le imprimían un aire de intelectual maduro, aire que no alcanzó a cautivar a Celia.

—Sí, pero igual el tabaco me hace mal —le replicó en medio de una carraspera propia y risas ajenas. El comentario despertó un coro de bromas entre los más jóvenes, quienes se aventuraron a recomendarle otros placeres más allá de la pipa. Con gesto risueño y a la vez conciliador —a esa altura había crecido la ofuscación de la mujer— el maestro evitó el desmadre y ordenó retomar la lectura.

Álvaro descubrió que le tocaba leer a Julia, la chica de piernas largas que ahora ni siquiera lo miraba. Había escrito una recreación sobre el nacimiento de Anton Chejov. «En algún momento leí algo parecido», pensó mientras buscaba corroborar sus primeras impresiones. ¿O se trataba de un déjà vu? A medida que la voz melodiosa de la chica avanzaba, en su mente se sucedían imágenes conocidas: rosas, paisajes nevados, un brindis… «Es casi una copia de Tres rosas amarillas de Raymmond Carver», opinó para sí mismo. La saga de elogios que siguieron y las particulares alabanzas del maestro lo alertaron a no hacer público su descubrimiento.

De inmediato algo se reveló. En la mayoría de los textos desfilaban dobles de los personajes más emblemáticos del norteamericano, o al menos de los que conocía. Como es el caso del ciego entrometido en la intimidad de una pareja, o el de la mujer que registraba sus sueños en una libreta. Álvaro comprendió que las semejanzas también estaban presentes en los títulos. Con el mismo afán con el que oficiaba de anfitrión, el dueño de casa leyó el primer capítulo de su futura novela. Se titulaba “Díganles a las mujeres que se callen”. De manera solapada o directa, se repetía el estilo despojado, sin juegos ni adornos, del escritor contemporáneo más comentado.

Álvaro no estaba muy seguro si leer el cuento que tenía preparado. Escrito en un papel prolijamente doblado y todavía húmedo, lo mantenía escondido en el bolsillo del pantalón. Le pareció que lo suyo era demasiado poético, hasta barroco. Lo inquietaba exponerse y, al mismo tiempo, suponía que su condición de principiante podía eximirlo. No hizo falta tomar una decisión.

—A ver, Álvaro, estás muy callado —lo interpeló el maestro—. Nos gustaría saber qué te parece todo esto que escuchamos. La crítica es parte del aprendizaje.

Más que intimidarlo, la invitación lo alentó a sincerarse. Y por un momento, se olvidó del papel de novato que venía jugando desde que llegó al departamento. Entonces tomó coraje y saltó al vacío:

—¡Pobre Raymond! —disparó lacónico.

La frase salió de su boca como un látigo. Fueron solo dos palabras pronunciadas sin ánimo de provocar. El resultado del cansancio acumulado durante la tarde; horas anodinas a las que no pudo encontrarles un sentido. De pronto, comprendió que no había vuelta atrás. Y se sintió tan vulnerable como un niño. Ahora todas esas miradas le pesaban más que nunca y adquirían una nueva densidad.

La tormenta reinaba afuera y desplomaba su furia sobre la ciudad; ningún mortal podía escaparse de su poder que hacía temblar todas las cosas. En medio de la oscuridad que se había adueñado del cielo, el destello de un relámpago iluminó la sala. Desde el ventanal, el fogonazo le imprimió un brillo extraño a todos esos ojos. Uno, dos, tres, cuatro. Y la ira tronó.

Sin pensarlo, se encontró a los tumbos al pie de la escalera. Una fuerza inexplicable, surgida vaya a saber desde dónde, le permitió bajar los cinco pisos con la velocidad de un rayo. Al llegar a la planta baja, tuvo suerte de tropezar con una vecina que entraba al edificio, una mujer ansiosa por sacudirse el agua que traía el vendaval. Álvaro no comprendió bien si la asustó su aspecto desencajado, o fue algún sentimiento de piedad que la motivó a dejar la puerta abierta de par en par. Lo cierto es que logró ganar la calle infinita.

A paso rápido, se alejó de todo. Mientras caminaba, la respiración acompañaba a sus pies en un desquite impetuoso contra los charcos. Se daba el gusto de chapalear en el agua barrosa y esta vez lo hacía a propósito, como si fuera un niño. La caminata, que se prolongó varias cuadras, lo ayudó a espantar el infortunio de la tarde, y en ese instante de juego, descubrió que había dejado de llover. El atardecer cubría la ciudad con su manta otoñal y las primeras luces se anunciaban. En la calle, en la vereda, sobre los autos, aún quedaban vestigios del mal tiempo, cada vez más leves, más lejanos. Era la hora en que la noche anticipaba su mejor urbanidad.

Álvaro intentó recordar el nombre del maestro pero todos los intentos fueron vanos. Su memoria no lo encontraba. Era como si la lluvia hubiese ahogado aquel nombre junto a sus recuerdos más recientes. Los focos de los autos se reflejaban sobre el pavimento mojado y el sábado se preparaba para su primera cita luego de una ducha interminable.

En medio del taconeo sobre el suelo gris, extrañó la silla incómoda. Pensó que tal vez volvería a sentirse a gusto con su soledad y hasta se imaginó más amigo de la pantalla vacía. Adelante, una luna incipiente se asomaba sobre el río y empezó a abrirse paso sobre un cielo un poco cubierto, un poco despejado. De pronto, un escaparate iluminado lo invitó a cambiar el rumbo. Y entró en el bar.

 

Mariela Mulhall  

Julio de 2017

 

 

 

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  1. Álvaro no lograba escribir un párrafo desde hacía meses. Ni una línea, ni nada. La silla incómoda y el pánico por la hoja en blanco le venían jugando una mala pasada.

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