El espíritu voyeur busca la luz

Las ventanas, esos objetos tan corrientes como inspiradores para escritores y artistas, se convierten en el bien más preciado a la hora de buscar mesa para tomar una cerveza. Y mirar.

 

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Salvo que pretendamos escondernos por alguna razón, cuando ingresamos al bar nuestra mirada busca una mesa junto a la ventana. Es casi irremediable. Y el malestar llega al descubrir que no hay ninguna libre con esa ubicación y que deberemos contentarnos con la segunda fila, algún recoveco o cualquier otro espacio que nos privará del placer de mirar hacia la calle infinita. En fin, el afuera que nos intriga.

¿Y cuál es la razón de ese súbito impulso, de esa inclinación por beber un café o una cerveza, iluminados por obra y gracia del cristal que da a la calle? Las interpretaciones son múltiples. En mi caso, las ventanas me remiten a cierta curiosidad primitiva, infantil, por mirar. Un estado que permite transitar entre el adentro y el afuera, algo comparable con la hora de nacer.

En realidad, ya lo decía Henry Matisse a quien las ventanas le interesaban particularmente «porque son como una transicion entre lo interno y lo externo». Luminosas, serenas y rebozantes de color las pintó y como él muchos congéneres se obsesionaron. Justamente, Muchacha en la ventana (1925) representa una de las obras más emblemáticas de Salvador Dalí. También por la ventana del taller del  porteño Fortunato Lacámera se asomaron cientos de naturalezas muertas y paisajes acotados por ese encuadre.

Muchacha en la ventana, Salvador Dalí

Muchacha en la ventana, Salvador Dalí

Salvando las distancias de género, Berthe Morisot (1841-1895) integró el grupo de mujeres impresionistas que alimentaron ese movimiento a la par de sus congéneres varones como Manet, Renoir o Degas. Aunque debieron conformarse con pintar confinadas en el ámbito doméstico. Su obra Niña con delantal rojo, revela algo de esa condición al mostrar una niña con la mirada perdida a través de la ventana, imagen en la que se intuye una actitud casi de anhelo por escapar hacia al mundo exterior.

Verdaderas fuentes de inspiración. También desde la literatura, la fotografía y el periodismo se las evocó sin tregua. Seguramente, muchos recordaremos las Ventanas Iluminadas de Roberto Arlt, las mismas que motivaron al escritor a preguntarse ¿quién está allí adentro? El interrogante disparado en plena calle y de madrugada nos comparte una curiosidad tan básica como universal sobre la vida de los otros. Es la misma inquietud que nos asalta al transitar alguna carretera en el medio de la noche y contemplar esas lucecitas perdidas hacia lo alto de las ciudades y que dan cuenta de tantas existencias que desconocemos. Es cuando se disparan las preguntas arltianas: ¿Qué es lo que ocurre allí?, ¿Nace o muere alguien en ese lugar? “En el cubo negro de la noche, la ventana iluminada, como un ojo, vigila las azoteas y hace levantar la vista de los trasnochadores que de pronto, se quedan mirando aquello con una curiosidad más poderosa que el cansancio”, es una de las tantas  frases del aguafuerte que describen el estado existencial.

edit ventana fileteada5Ventana fileteada. En el bar Victoria, de San Lorenzo y Presidente Roca (Rosario).

La lista de aberturas inspiradoras sigue y, si las buscamos en restrospectiva, son infinitas. Así Charles Baudelaire insinuó su voyeurismo al preferir las ventanas cerradas a las abiertas en El spleen de París. “El que mira desde fuera por una ventana abierta no ve nunca tantas cosas como el que mira una ventana cerrada. No hay objeto más profundo, más misterioso, más fecundo, más tenebroso, más deslumbrante, que una ventana iluminada por la luz de un candil. Lo que puede verse al sol es siempre menos interesante que lo que sucede tras un cristal. En ese agujero negro o luminoso vive la vida, sueña la vida, alienta la vida”, escribía sobre lo que entendía más estimulante para la imaginación. Poeta tenía que ser, y maldito en su mundo de vino y hachís. Baudelaire pertenece a la categoría de evocadores que prefieren mirar de afuera hacia adentro, aún con postigones cerrados y transitando lo oscuro, desde el mundo hacia la intimidad, a través de la trama o el cristal.

El lector seguramente considerará sus propias experiencias de lecturas con relación a la creación humana y su insistencia en las ventanas. Por mi parte, hay una que recuerdo particularmente de mi adolescencia, una recopilación de cuentos de Hector Hugh Munro (Saki) que andaba dando vueltas por nuestra modesta y selecta biblioteca familiar. Me enamoraron desde el vamos aquellos relatos del escritor birmano-escocés y hay uno que viene al caso por razones obvias: La ventana abierta. Aún con mis años imberbes resultó fácil identificar su burla airada a esa gótica manía de los sajones por andar viendo fantasmas aquí y allá. Su frase final “Romance at short notice was her speciality» los desnuda y al mismo tiempo muestra esa marca de la ironía, tan británica. Y me abstengo a incluir la traducción para no aguar el final, al menos a los hispaohablantes puros, como yo. Por estos tiempos, he visto al cuento circular por internet, una y otra vez, y me sigue cautivando también su popularidad. A quien no lo leyó, hago extensiva la invitación.

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A igual que con las puertas, mientras algunos prefieren las ventanas abiertas, otros las eligen cerradas. Salvo el genial Alfred Hitchcock quien pudo lidiar con ellas en cualquier posición. ¿Qué mejor que el cine y la fotografía para recordarnos la analogía entre la lente de una cámara y una ventana jugando con la luz? El ojo sin fin. En el mismo orden temático muchos recordarán La ventana indiscreta (1954), cuando dirigió a un James Stewart intrepretando a un fotógrafo obsesionado por espiar a la bellísima Grace Kelly a través de su cámara y binoculares, y construyó una historia de alta intriga y amor también. En ese mismo juego de abrir y cerrar, casi dos décadas después, don Alfred nos advirtió el terror que podemos experimentar ante Una ventana mal cerrada, uno de los tantos cortos de ficción de la serie Hitchcock presenta que se pudo disfrutar por la tele en la década de los ochenta. Además, eran un deleite aquellas ocurrentes intervenciones suyas antes y después de cada capítulo unitario.

 

 

Y en este instante recuerdo a André Breton, otro grande que supo sumergirse en la complejidad de tantas ambigüedades a través de su Nudo de espejos.

Las bellas ventanas abiertas y cerradas
Suspendidas de los labios del día
Las bellas ventanas en camisa
Las bellas ventanas de cabellos de fuego en la noche negra

Las bellas ventanas de gritos de alarma y de besos
Encima de mí debajo de mí detrás de mí están menos que en mí
En donde sólo forman un único cristal azul como los trigos
Un diamante divisible en tantos diamantes como se necesitarían para bañar a todos los bengalíes
Y las estaciones que no son cuatro sino quince o dieciséis
En mí entre las cuales está aquella en donde el metal florece
Aquella cuya sonrisa es tenue como un encaje
Aquella cuyo rocío al atardecer une las mujeres y las piedras
Las estaciones luminosas como el interior de una manzana de la que se hubiera desprendido un trozo
O como un barrio excéntrico habitado por seres que están en combinación con el viento
O como el viento del espíritu que de noche hierra de pájaros sin límites a los caballos con ollares de álgebra

O como la fórmula

Tintura de pasionaria {aa 50 cent. cúbicos
Tintura de majuelo {aa 50 cent. cúbicos

Tintura de muérdago 5 cent. cúbicos
Tintura de escila 3 cent. cúbicos

que combate el ruido del galope

Las estaciones rehacen malla a malla su red que resplandece con el agua
viva de mis ojos
Y en esa red todo lo que he visto es la espiral de una fabulosa caracola
Que me recuerda la ejecución en recinto cerrado del emperador
Maximiliano
Y todo lo que he amado es la rama más alta del árbol de coral que será fulminado
Es la estilográfica del reloj de sol a las doce en punto de la noche
Lo que conozco bien lo que conozco tan poco que préstame tus garras
viejo delirio
Para alzarme con mi corazón a lo largo de la catarata
Los aeronautas hablan de la eflorescencia del aire en invierno

evocación

                                                           ◊◊◊

Alguien dirá que nos fuimos de tema, que son forzadas las analogías entre las ventanas que inspiran a escritores, cineastas y  artistas y las que cotizan mejor las mesas de bar. Pero permítanme insistir. Porque son las mismas que fascinan a los genios y a nosotros, cualquieras y mortales.

Por fortuna, logré encontrar la mesa soñada, aquí mismo, para tomar una cerveza.  En su doble juego, el enorme ventanal integra el adentro y el afuera en una misma escena. Y se convierte en un escaparate que derrocha magia al transformarnos en espectadores y protagonistas, todo al mismo tiempo.

Es hora de buscar la calle. El cristal invita a mirar directamente hacia la luz.

 

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