Barwoman en el frente I

Las mujeres detrás de la barra empiezan a hacerse notar en el mundo. Y especialmente en Cuba, donde un raro cóctel entre revolución y turismo las alentó a ejercer tareas no tradicionales.

Dayamí Martínez Pinillo es oriunda de Holguín, a igual que Fulgencio Batista y Fidel Castro

Mozos y camareros se ven todos los días. Van y vienen con su trajinar de bandejas y copas en cualquier lugar del mundo. Pero es cierto que la tarea más alquímica de un bar está destinada a quienes trabajan del otro lado de la barra, un rol históricamente delegado a los varones. Si bien todavía parecen una novedad, las bartenders se van haciendo lugar entre oficios más convencionales de la gastronomía como los de moza o cocinera. Y demuestran que las mujeres también vencen prejuicios a la hora de dar de beber.

Es probable que para Raymond Chandler resultara impensada una barwoman. O cantinera, de acuerdo a la traducción más cercana al español. Al menos así lo sugiere en su novela El largo Adiós, cuando Terry Lennox comparte un gimlet  con el detective Philip Marlowe en el legendario bar Víctor. Y le comenta en tono cómplice:

«Me gustan los bares cuando abren a la tarde. Cuando el aire está fresco y limpio y todo brilla y el barman se mira al espejo para ajustarse la corbata y alisarse el pelo. Me gusta ver las botellas en orden detrás del bar, y los vasos que brillan y la sensación de anticipación. Me gusta ver cómo preparan la primera copa de la tarde y me la sirven sobre un mantel limpio y una servilleta doblada. Me gusta saborearla muy despacio. La primera copa de la tarde, tranquilo, en un bar silencioso…qué maravilla».

Queda claro que por los años cincuenta el mundo de los hacedores de tragos era exclusivamente masculino y, a igual que sus contemporáneos, sean escritores o resto de los mortales, Chandler no podía soltarse de los estereotipos de la época, género incluido.

Rubias con aire fatal podían sentarse en la barra a beber un gintonic o martini y su respectiva aceitunita–tragos por demás de evocados en la novela negra norteamericana–; ser bailarinas o alternadoras, roles promovidos y demonizados al mismo tiempo por los designios patriarcales.

En aquellos años era inimaginable que Chandler describiera a una barwoman que “se mira al espejo para ajustarse la corbata y alisarse el pelo” en la previa a su jornada laboral.

Otro tiempo, otro lugar

En un hotel de playa Esmeralda, un rincón bastante cercano al paraíso y ubicado en la provincia cubana de Holguín, hay un sector abierto las 24 horas. Un pequeño barcito con esos techos de paja muy típicos del caribe está enclavado de cara al mar, en la arista más visible de la piscina.

Como algunos turistas, el bar no duerme. En el lugar se sirven comidas rápidas a cualquier hora, aunque el principal protagonista es el alcohol que va y viene, incansable, como la marea del Atlántico.

Así de incansable (y sobria, claro) también se la observa a Dayamí del otro lado de la barra. La bartender de 35 años se presenta a la usanza cubana con sus dos apellidos, Martínez Pinillo, y su voz se hace más firme al pronunciarlos.

Cuando está en plena tarea, la chica despliega una vitalidad que sorprende y que no sólo se observa en el momento de agitar la coctelera o de disponer la copa servida sobre el mostrador. Esa vitalidad también está presente en la manera de vincularse con quienes dialoga, no en profundidad pero sí con atención; y también en la forma en que se dirige a sus compañeros de trabajo.

No hay dudas, Dayamí está al mando. La actitud no parece extraña en un país como Cuba, adonde se ven a muchas mujeres ocupar lugares de liderazgo. Con matices, en oficios y profesiones no convencionales hay una presencia muy marcada de ellas, un sello que seguramente imprimió la revolución consagrada el 1º de enero de 1959.

Es que esa rebelión largamente gestada –y también anticipada en décadas anteriores a través de luchas feministas y sufragistas– tuvo en sus filas a protagonistas como Celia Sánchez Manduley, Vilma Espín, Haydée Santamaría, Melba Hernández y tantas otras que arriesgaron su vida para derrocar la dictadura de Fulgencio Batista. Ninguna dudó a la hora de empuñar un fusil, armar barricadas u organizar colectas para sostener el ejército rebelde.

Una vez tomado el poder, la mística revolucionaria se extendió a hacia otros ámbitos y profesiones, aún con discusiones sobre los alcances de las mujeres en el poder.

Turismo y revolución

Aunque resulte banal vincular fusiles con cocteleras, se llega a un punto en que el alineamiento es inevitable. El bloqueo económico que impuso Estados Unidos a la nación antillana hace más de medio siglo todavía persiste y semejante restricción lo empujó a sujetarse al turismo como modo de supervivencia.

Contrastes: Celia Sánchez y Castro en Sierra Maestra/ El mojito, ícono turístico de la pre y post revolución

Sin pretender profundizar en las contradicciones que generó el turismo como principal fuente de ingresos –por un lado, fue la única posible para resistir el castigo imperialista y por el otro, se convirtió en caballo de Troya del mismo capitalismo– hay una singular coincidencia entre aquellas mujeres que participaron en la revolución y las transformaciones posteriores, y estas que luchan por hacerse un lugar entre oficios tradicionalmente masculinos. Y todo con salarios que no superan los 25 dólares mensuales.

Sin embargo, Dayamí se muestra incómoda cuando la interpelo sobre algunos temas de actualidad de su país . «No se nos permite hablar de política», dice. Y entonces prefiero vincular esa respuesta al trajín por su trabajo y no a un acto de obediencia empresarial. Es que en ese mismo hotel «todo incluido» de costa Esmeralda –una de las tantas inversiones con participación cubana y canadiense– se encuentran muchos empleados que se desviven por transmitir sus ideas a una argentina inquieta y que hace demasiadas preguntas.

Además, a igual que Santiago de Cuba, Holguín es una provincia donde se mantienen más intactos los ideales de la revolución cubana. No hay que olvidar que el movimiento 26 de Julio y el desembarco del Granma se originaron desde el Oriente, e inclusive las luchas por la independencia del siglo XIX se gestaron allí, y el mismo país también.

Por estos días, en poblaciones del interior de la isla los debates más ásperos suelen dispararse entre fidelistas y raulistas, y otros temas vinculados a la apertura económica o a los nuevos vínculos con Estados Unidos. Y en Holguín, la misma tierra que vio nacer a Batista y los Castro se encuentran muchos menos detractores al actual sistema político que en La Habana. (*)

«Hazme algo rico»

Así cuenta la cantinera cómo le piden un trago la mayoría de sus clientes. «Si bien están los clásicos como el mojito, el daikiri con limón y la cubata, las personas generalmente me piden algo especial», relata Dayalí en medio de una conversación que se interrumpe entre cóctel y cóctel. Entre ellos sirve el mío, uno de sus preparados alquímicos: ron con jugo de naranja, un toque de vermout seco y hielo. Sin dudas interpretó mi preferencia «no tan dulce» y la ejecutó con maestría.

Durante la charla, cuenta que el Estado cubano le permitió realizar estudios superiores en turismo, y desde hace 15 años se desempeña en servicios especializados de hoteles. «De entrada, nuestra formación incluye una asignatura que es coctelería y la tenemos que conocer tanto hombres como mujeres», reflexiona.

Sin embargo, luego se empodera y dispara entre risas: «Pero nosotras somos mejores». Su comentario no refiere a la destreza técnica que pueda adquirir uno u otro género. Va más allá al arriesgar que «nadie mejor que una mujer para entender ciertas cosas». Sobre todo, cuando el alcohol afloja la lengua de un parroquiano afectado por algún conflicto amoroso. «Porque dime tu qué no haces o dices cuando te emborrachas», dispara. Como ejemplo menciona que, una hora antes de nuestra charla, una joven pasajera del hotel se había desplomado luego de varias rondas y luego de ser atendida por el servicio de urgencias le confesó un pueril «extraño a mi mamá»·

Si bien evade temas políticos, en el discurso de la joven se pueden leer entre líneas sus posicionamientos de género. Como cuando dice «hace mucho que las cosas cambiaron y nosotras nos ocupamos de esto». No es menor la mención si se considera que en Cuba hay mujeres al mando en la barra desde hace 35 años.

En 2015 fue homenajeada la primera bartender de ese país, Gloria María Pomares Haros, de 86 años, quien empezó a ejercer el oficio en 1982 y desplegó gran parte de su vida laboral en bares de diferentes instalaciones hoteleras de Cayo Largo del Sur. Inclusive, la Asociación de Cantineros de Cuba (ACC) realiza cada año competencias para mujeres.

Más allá de una mirada de género, Cuba tiene una tradición del buen beber reconocida dentro y fuera de la isla. Y sobre todo una cultura de tragos que, a igual a la mayoría de los pueblos, se enredó a su historia desde los orígenes. Muchos cócteles y bebidas surgieron al calor de las luchas independientistas y como resultado de la mixtura étnica.

Antiguas recetas de españoles, africanos e inmigrantes provenientes de otras naciones se fundieron, llegaron hasta hoy y se continúan reinventando.

Pero ese es otro cantar, otro beber.

 

(*)El registro es de mayo de 2016, unos meses antes  de la muerte de Fidel Castro

 

 

3 Publicación en “Barwoman en el frente I

  1. Me encantó!! Una sutil descripcion de lo general que parte de algo que podría parecer, en principio, algo pequeño, anecdótico, También la forma que eligió la autora de la nota me parece encantadora, un collage de imágenes, sensaciones, sabores, muy acertado!!

  2. Mozos y camareros se ven todos los días. Van y vienen con su trajinar de bandejas y copas en cualquier lugar del mundo. Pero es cierto que la tarea más alquímica de un bar está destinada a quienes trabajan del otro lado de la barra, un rol históricamente delegado a los varones…

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